Un día de desafío en Oakland: Crónica de la huelga general

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Por Eric Ruder. Las calles de Oakland, California, resonaban el día 2 de noviembre con las voces de decenas de miles de personas decididas a mantenerse firmes y resistir. Eran gente trabajadora, estudiantes, activistas y personas de todas las clases sociales que habían respondido a la llamada a la huelga general realizada por Occupy Oakland.

La determinación de los ciudadanos de Oakland se equiparaba con la de miles de personas por todo Estados Unidos que participaron en un día nacional de acción solidaria, una semana después del ataque brutal de la policía. Este ataque convirtió el centro de Oakland en algo muy parecido a una zona de guerra, y casi le costó la vida a un manifestante, Scott Olsen, a quien la policía lanzó un proyectil de gas lacrimógeno que le impactó en el cabeza.
La población de la zona de la Bahía de San Francisco había respondido, pues, al llamamiento de huelga general de Occupy Oakland: los maestros no fueron a trabajar, los estudiantes abandonaron las aulas, y la gente trabajadora de las ciudades se tomaron el día libre para unirse a las manifestaciones.

El momento culminante llegó por la noche, con una marcha masiva desde el campamento de Occupy, en la Plaza Frank Ogawa (ahora rebautizada como Plaza Oscar Grant, en honor del joven que murió asesinado a manos de un policía del metro el 2009), delante del Ayuntamiento, hasta el puerto de Oakland, el quinto más activo del país. La manifestación logró interrumpir el turno de noche, cuando los trabajadores de los muelles se negaron a cruzar un piquete de unas 15.000 personas.

“Hace mucho tiempo que hacía falta, eso”, decía James Curtis, de la junta directiva del Sindicato de Almacenes y Muelles Internacionales (ILWU). “Ahora han despertado el tigre que estaba dormido”.

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La llamada a la huelga impulsó diferentes formas de solidaridad por toda la ciudad. Las escuelas públicas de Oakland servían de puntos de salida de marchas de estudiantes, maestros y padres y madres, que se dirigían al Consejo de Educación de Oakland, a varios bancos y al Ayuntamiento. Una rama de la marcha, de 700 personas, proveniente del Laney Community College, consiguió que se cerrara el banco Wells Fargo. Cientos de trabajadores y trabajadoras de la ciudad del Sindicato de Trabajadores de Servicios (SEIU) también participaron en la manifestación.

Muchos profesores de institutos, escuelas universitarias y la Universidad de California (UC) hicieron clases sobre economía y el 99 por ciento, y el sindicato de estudiantes del sistema de graduado de la UC (UAW) pidió a sus miembros que hicieran utilizar el tiempo de las clases para hablar de los recortes en los presupuestos.

Las calles de Oakland tomaron un aire festivo. Según las estimaciones de los activistas, a lo largo del día pasaron unas 20.000 personas por la plaza Oscar Grant, donde la semana anterior se había desatado una batalla después de que los policías entraran para echar a los activistas, que habían sido expulsados en primera hora de la mañana.

El 25 de octubre se arrestaron a más de 100 personas, y la policía utilizó gas lacrimógeno, granadas de aturdimiento y balas de goma contra los manifestantes. Una de las víctimas fue Scott Olsen, un veterano de la guerra de Irak que recibió el impacto de un proyectil de gas lacrimógeno. Una semana más tarde aún estaba en el hospital, ingresado por una fractura craneal y lesiones cerebrales.

Sin embargo, el ambiente de la plaza Oscar Grant el día 2 de noviembre era muy diferente. Mucha gente de la Bahía se acercó al campamento central de Occupy para participar en las actividades que se hacían, y luego, se añadían a las otras manifestaciones que se extendían por toda la ciudad, que protestaban por una multitud de agravios, desde ejecuciones hipotecarias en cierres de escuelas, desde ataques a sindicatos hasta recortes en los servicios públicos de la ciudad.

“Vemos a nuestros hijos abocados a la cárcel, sin ninguna perspectiva de encontrar un empleo, de trabajar en algo que tenga sentido”, decía Betty Olsen-Jones, presidenta de la Asociación de Educación de Oakland. “Tenemos que soportar hacer clases en unas aulas cada vez más abarrotadas, la imposición de un currículo desde arriba, y nuestros hijos saben que el sistema considera más importantes a los bancos y corporaciones que a ellos”.
“Es importante que nuestros estudiantes vean cómo los profesores luchan por sus derechos. Hoy estamos haciendo historia. Queremos un mundo que no esté dividido entre el 99 por ciento y el uno por ciento”.

Dana Blanchard, una profesora de Berkeley, era la portavoz oficial de la Federación de Profesores de Berkeley durante las acciones del día. “Los profesores y los estudiantes ya tenemos bastante”, dijo. “Hoy estamos demostrando qué aspecto tiene una comunidad unida que lucha”.
Entre los participantes en la jornada había una delegación bastante importante de veteranos de las guerras de Irak y Afganistán, que vinieron para mostrar su solidaridad con Scott Olsen.

El Consejo Laboral del condado de Alameda pidió a sus miembros y trabajadores que apoyaran al día de acción del 2 de noviembre, y por la tarde organizó una barbacoa en la plaza Oscar Grant, para que los miles de personas que entraban en el centro de la ciudad tras la jornada laboral pudieran comer. Mientras tanto, la rama local del Sindicato de Camioneros aparcaba su flamante vehículo de nueve ejes en el centro de la plaza.

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A media tarde, varias riadas de manifestantes se reunieron para una marcha que debía crear un piquete enorme: querían cerrar la institución económica más importante de la ciudad: el Puerto de Oakland.

A las cuatro comenzaron a marchar hacia el puerto unas 2.000 personas, y a las cinco marcharon 4.000 más. Mientras se alejaban, Seasunz + J. Bless y Jennifer Johns interpretaban una canción de despedida, “We are worldwide” (Somos el mundo). Unos minutos más tarde, una delegación de trabajadores de UNITE HERE, la Coalición de sindicalistas negros, United Food, la rama local del Sindicato de trabajadores del comercio, los miembros de SEIU y otros empezaron a marchar también hacia los muelles.

Los manifestantes llegaron al gran complejo portuario y se dividieron para ocupar todas sus puertas. Los de Occupy San Francisco se encargaron de una de las puertas, y la gente de Oakland se dividió para cubrir el resto. Cuando el cambio de turno de las siete de la tarde ya quedaba cerca, eran miles de manifestantes los que se concentraban en cada una de las puertas principales.

Después de mantener los piquetes durante varias horas, el árbitro portuario decidió que los muelles de Oakland permanecerían cerrados durante la noche. Los manifestantes celebraron alegremente la victoria de la huelga general, y muchos volvieron hacia el centro, en la zona de la plaza Oscar Grant, que hervía con música, cantos y discusiones apasionadas.

En claro contraste con la situación de la semana pasada y la carga despiadada que hizo la policía, el día 2 de noviembre no se vieron agentes casi por ninguna parte, ni en las manifestaciones a lo largo del día, ni durante la marcha hacia el puerto, ni en las celebraciones nocturnas. La alcaldesa de Oakland, Jean Cuando, y otros miembros del Ayuntamiento de la ciudad, se mantuvieron totalmente en segundo plano desde el ataque policial de la semana anterior. Es evidente que han presionado a la policía para que se comporte de una manera ejemplar, con la esperanza de recuperar algo de legitimidad.

Pero los policías también buscan la manera de volver a imponer su autoridad, según los activistas. Puede que ahora sigan una táctica de no intervención, con la intención de demostrar que el caos se multiplica sin ellos, aunque los acontecimientos del día 2 transcurrieron de una manera absolutamente pacífica, ordenada y festiva.

“El Departamento de Policía de Oakland está intentando crear una imagen como parte de este 99 por ciento de víctimas, pero esta táctica no se aguanta, debido a su larga historia de violencia racista y de represión de las protestas”, dijo Todd Chretien, miembro de la International Socialist Organization. “El año pasado, la alcaldesa Cuando salió a la calle con los manifestantes que protestaban contra la muerte de Oscar Grant y en contra de la policía, pero ahora está tratando de jugar a dos bandas”.

Sea como sea, ni la policía, ni los miembros del gobierno local ni el sector empresarial de Oakland no han podido detener el desafío de los manifestantes por las calles de la ciudad y a las puertas del puerto.
“Oakland es el motor económico de toda la zona de la Bahía”, explicaba a la radio pública de Fresno Jack Heyman, un trabajador de los muelles jubilado, activista de la rama local del ILWU. “Los miles de personas que han marchado hacia el puerto (que es controlado por el uno por ciento, los grandes capitalistas) y lo han cerrado, han demostrado no sólo en la ciudad de Oakland, sino en todo el mundo, el poder que tiene la clase trabajadora”.
Heyman dio las gracias a los jóvenes trabajadores del puerto que no se presentaron a trabajar el 2 de noviembre, entorpeciendo las operaciones portuarias de la mañana. “Quiero mostrar mi admiración a los jóvenes que no han ido a trabajar esta mañana”, decía Heyman. “Es gracias a ellos que los propietarios de los barcos han tenido tantas dificultades para reunir suficientes trabajadores en los muelles”.

El fantasma de los huelguistas y las manifestaciones masivas fueron suficientes para hacer que muchas de las instituciones corporativas más grandes de Oakland decidieran cerrar también durante el día, haciendo que se sumara más gente a los manifestantes de las calles.

“La gente se une a esta causa a nivel nacional, y ahora todo parece más legítimo”, decía Gregory Belvis, un estudiante de 17 años del Instituto de Skyline. “En representación del 99 por ciento, tenemos que levantar la voz contra la ley de “los tres strikes” (ley que obliga al juez, después del tercer delito grave, a imponer una pena de prisión prolongada), y contra la ley de sentencias mínimas (es decir, que impone un mínimo de pena para según qué delitos). A los jóvenes nos han hecho la guerra, una generación entera de jóvenes negros se ha perdido en las cárceles. Si podemos recuperar a estas personas, ellas también contribuirán a que el mundo vaya mejor”.

Powell DeGange, un ciudadano de Oakland de 26 años, expresaba la alegría que sentía por formar parte de un movimiento global. “Estamos emocionados porque la gente de Egipto se ha manifestado en solidaridad con Oakland”, decía DeGange. “Nosotros nos manifestamos por ellos, y ahora ellos están allí para nosotros. Todos formamos parte del movimiento mundial contra la misma avaricia, el mismo imperialismo”.

Artículo extraído de Socialist Worker , periódico de la International Socialist Organization

Traducido al castellano por Isaac Salinas

 

Fuente: http://www.enlucha.org/site/?q=node/16577

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